Por muy tarambana que sea el autor, su novela es más decente que una lata de sardinas y por tanto se resiste a mantener relaciones con lectores a quienes no haya sido presentada, así que hubo que pedirle el favor al amigo Mario Cuenca Sandoval, que es una de las personas más decentes, distinguidas y decorosas de Córdoba, donde los lectores de sobra saben que a una novela, si la presenta Mario Cuenca, hay que respetarla y no tienen más remedio que ir con buen fin.
Diéronse pues la mano, mientras Mario improvisaba las virtudes de la novela ante los recelosos lectores y les aseguraba que tocaba el piano y hablaba idiomas, que no estaba descalza, que era hacendosa y de buena familia, que no se le caían los anillos si había que hacer cualquier cosa y que sabía entretenerse sola.
Había lectores que ponían ojos soñadores al contemplar su cintura estrecha, con una faja roja que bien podría servir de liga en un hermoso muslo, aunque luego arrugaban la nariz al descubrir su sonrisa irónica y esa mirada entre melancólica y miope, que parecía enfocada a algo por detrás de la persona con quien hablaba, fuera del alcance de su vista.
Al día siguiente, en Sevilla, ídem de lienzo. Allí lo más decente que se pudo encontrar fue Daniel Ruiz García, viejo amigo y ahora compañero de equipo del tarambana, pues Daniel ha sido fichado por el Tusquets y en abril saltará al terreno de juego a darlo todo con su nueva novela.
Era la primera vez que el tarambana veía llover a cántaros en Sevilla. Se refugió en el bar de Nuria Lupiáñez, La Mercería, donde desayunó un whisky tan bien acompañado:
Luego, en el interior, se documentó para una novela en la que planea desvestir a varias damas y caracterizar a los personajes por su elección de lencería:
Tras tomar notas en una libreta, en cuanto empezó a llover, se fueron Nuria y el tarambana a recorrer Sevilla, primero al programa Es la vida, donde se rió tanto como de costumbre:
Luego a ver al amigo Alejandro Luque, que cada vez consigue tirarle más de la lengua, y lo logró durante la entrevista en la biblioteca Infanta Elena:
A la hora de comer, el único plato que el tarambana encontró conveniente fue solomillo al whisky, que le fortaleció para las presentaciones.
Tras la generosa mediación de Daniel, los lectores accedieron a saludar a la decente novela. Luego nos fuimos a tomar más whiskies, para no mezclar, y al día siguiente, cuando llegó a casa, su novia le dijo al tarambana que si estaba contento de que le trataran como escritor, que si había disfrutado de los elogios (por fingidos que fuesen), y los halagos (aunque salieran de boca chica), de aparecer en los papeles y por la radio.
--Mucho menos que cuando escribía la novela en la trastienda, la verdad.
Y recordó el tarambana aquella carta en que Louise Colet se quejaba a Flaubert de lo sola y frustrada que se sentía escribiendo y cuánto deseaba ver su libro publicado para disfrutar por fin de ser escritora.
Flaubert le contestó que nunca iba a sentirse más escritora que en esas horas en las que se sentía sola, agotada ante la página inacabada, mano en mejilla y sin saber cómo seguir adelante.
Sólo en esos momentos, vino a decirle, había logrado ser escritora de verdad.
Así le sucede al tarambana. Se siente más escritor en la trastienda de la librería que recibiendo un aplauso.
Más escritor esas mañanas malditas, en las que nada se le ocurre, pero sigue sentado a la mesa; cuando de la roca del idioma, por más que arañe y dé martillazos, sólo logra arrancar guijarros inservibles, idénticas construcciones sintácticas, como si ya no quedaran más preposiciones en español que "sin embargo" y "tras"; los mismos adjetivos planos, hasta escribir tres "opaco" en dos párrafos; varios verbos seguidos de la misma conjugación, para que se multipliquen las rimas internas; esos irremediables "como" y "que" propagándose en cada renglón como malas hierbas.
Pero sigue escribiendo, tecla a tecla, más escritor que nunca.
Más escritor cuando se desespera por su propia torpeza, pero sigue intentándolo. Y mucho menos, casi nada escritor cuando elogian su novela.
Mucho más novelista cuando la novela sólo son unos nombres en un cuaderno, una fechas de nacimiento, un par de notas sobre quién se acuesta con quién y lo que pasa luego.
Y mucho menos cuando es un libro editado con su faja roja (del tamaño de una liga).
Mucho más escritor cuando termina de corregir una trabajosa página a máquina.
Y mucho menos cuando ve esa misma página impresa:
Son momentos duros los de la trastienda, horas de inseguridad, de tomar decisiones equivocadas, de no saber si está haciendo una tontería, de sentirse inútil, pero al final esos son los únicos momentos en que el tarambana se siente escritor de verdad, capaz de seguir escribiendo a pesar de todo; son los momentos, las horas difíciles que contienen toda la felicidad de escribir, tan frágil que es necesario protegerla con un velo de cansancio, tristeza y frustración.
viernes, 20 de marzo de 2015
martes, 10 de marzo de 2015
Una leyenda: el cocido en Peña Pintada
El domingo la Librería Fuenfría recibió la visita, siempre resplandeciente, de Azahara y Javichu.
Se llevaron el libro del tarambana, que viene con una faja roja.
El tarambana se pregunta por qué lo llaman faja, cuando a él le parece más bien una liga, como procuró demostrar quitándosela a la novela y poniéndosela a Azahara:
Al tarambana le parece mucho mejor que sus libros lleven ligas en lugar de faja; eso le da a cualquier novela un aspecto más travieso y seductor. La faja, para las novelas de académicos, como Javier Marías o Pérez-Reverte, obras más encorsetadas, almidonadas, severas y contundentes, hasta el punto de que se podría decir de algunas de ellas que se trata de literatura con refajos, enaguas, corpiños y ciclatones.
Total, que al cerrar la librería se fueron todos a Peña Pintada, donde les esperaba un cocido homérico, tras las cañas en la barra.
Vino a vino, el librero se vuelve elíptico, se desdibuja, se convierte en un jirón de niebla y acaba empañando los cristales:
Se llevaron el libro del tarambana, que viene con una faja roja.
El tarambana se pregunta por qué lo llaman faja, cuando a él le parece más bien una liga, como procuró demostrar quitándosela a la novela y poniéndosela a Azahara:
Al tarambana le parece mucho mejor que sus libros lleven ligas en lugar de faja; eso le da a cualquier novela un aspecto más travieso y seductor. La faja, para las novelas de académicos, como Javier Marías o Pérez-Reverte, obras más encorsetadas, almidonadas, severas y contundentes, hasta el punto de que se podría decir de algunas de ellas que se trata de literatura con refajos, enaguas, corpiños y ciclatones.
Total, que al cerrar la librería se fueron todos a Peña Pintada, donde les esperaba un cocido homérico, tras las cañas en la barra.
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| Pedro, Eduardo y Séamus, aperitivando |
Vino a vino, el librero se vuelve elíptico, se desdibuja, se convierte en un jirón de niebla y acaba empañando los cristales:
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| Eduardo, ¿el tarambana?, Ricardo y Violeta |
Sólo adquiere espesor y recupera su cuerpo cuando le hacen carantoñas aunque no se las merezca:
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| Javichu, Violeta y el tarambana |
Cuando escribe, con ese meñique que siempre dobla con una innecesaria delicadeza, el tarambana necesita la misma concentración que un niño cuando juega, semejante gravedad, como si el universo pendiera de un hilo.
Luego dio comienzo el benemérito y sublime COCIDO en PEÑA PINTADA, algo que nadie en su sana juicio querría perderse:
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| Toda una leyenda: el cocido de Peña Pintada |
viernes, 6 de marzo de 2015
¡Noticia bomba, hoy tampoco cerramos la librería!
La librera y el tarambana tampoco van a cerrar hoy la librería. Esto es una noticia bomba: siguen con la librería abierta. Todavía.
Va a ser eso: la falta de dinamizadoras.
Hoy no les ha tocado, pero las balas pasan muy cerca, rozándoles la ropa.
En España se cierran dos librerías al día. Dos cada día. Así que es un milagro que Librería Fuenfría siga abierta.
La verdad es que, para ser exactos, cada día se cierran 2,5 librerías. O sea que hay muchos días que les toca liquidar el negocio a tres libreros. Otros días sólo dos ponen el cartel de "CERRADO POR DERRIBO". Por acoso y derribo, para decirlo todo.
O será por tarambanas.
Ya sólo quedan funcionando en toda España 3.650 librerías.
También se abren librerías, cómo no, pero la relación es de 4 a 1: se cerraron 912 y se abrieron 226.
Ha empezado la cuenta atrás.
Hablamos, claro está, de librerías, no de supermercados que venden libros o grandes cadenas.
Una librería tiene que contar con un librero o una librera, por tarambanas que sean, es decir alguien que todavía sepa la diferencia entre Miguel y José Hernández, entre Perito en lunas y Martín Fierro.
Una librería, por pequeña que sea, proporciona servicios de primera necesidad: cotilleo y maledicencia, información cultural y meteorológica, conocimiento del lector al que el librero advierte de la aparición de novedades que podrían interesarle o disuade de dejarse engañar con el último tocomocho promovido por los departamentos de marketing, campeonatos clandestinos de ajedrez, tertulias y devaneos, degustación de espirituosos en la trastienda, asesoría bibliográfica, etc.
Una librería, por pequeña que sea, proporciona servicios de primera necesidad: cotilleo y maledicencia, información cultural y meteorológica, conocimiento del lector al que el librero advierte de la aparición de novedades que podrían interesarle o disuade de dejarse engañar con el último tocomocho promovido por los departamentos de marketing, campeonatos clandestinos de ajedrez, tertulias y devaneos, degustación de espirituosos en la trastienda, asesoría bibliográfica, etc.
Hay una librería por cada 12.500 habitantes.
Hoy. Mañana ya habrá dos menos. O tres, según toque.
O sea que cada tarambana tiene a su cargo el bienestar lector de una cantidad enorme de personas. Menudo trabajo.
Todos los periódicos han dado la noticia, por ejemplo El País, donde unos tipos aturdidos o desnortados analizan las causas y se refieren a cosas tan peregrinas como: "la irrupción de lo tecnológico y de nuevos operadores globales y virtuales" o la falta de "mejores campañas de márketing y actividades dinamizadoras" por parte de los libreros.
Va a ser eso: la falta de dinamizadoras.
Pa' mear y no echar gota. Con análisis tan superferolíticos, ¿quién necesita al tonto del pueblo?
En El País, sin embargo, ni siquiera mencionan un dato que a los analistas quizá les parezca insignificante, puesto que para eso tienen capacidad de análisis, ¿no?
¿Para qué prestar atención a lo evidente pudiendo hablar de rimbombancias como los Nuevos Operadores Globales y Virtuales?
Por ejemplo: nuestro Gobierno apoya a las librerías. Yes. Cómo no. ¿Con cuánto dinero? 150.000 euros anuales.
¿Cuál es en cambio la cantidad que dedica Francia a apoyar a las librerías? 4 millones de euros.
Caramba con los analistas.
¿Cuánto cuesta, pongamos, la ceremonia de entrega del premio Cervantes?
Cualquier que vaya a Francia notará a simple vista la diferencia con España.
La culpa sin embargo debe de ser de los Nuevos Operadores Enmascarados, ¿verdad? ¿O quizá la falta de dinamizadoras?
El presupuesto es lo único que permite conocer los propósitos de un Gobierno y lo que hay detrás de esa calderilla para las librerías no es más que una decidida voluntad de erradicar la cultura. ¿Principios? No, a mí cuénteme sus presupuestos, que ya leeré en ellos sus principios.
¿Cuánta ayuda recibe el sector automovilístico, la FAES o los bancos?
Esta derelicción de la cultura se completa con el escamoteo que pretende sustituir la cultura por el espectáculo cultural.
¿Qué es cultura?
Nos quieren convencer de que la cultura es ARCO, los premios Cervantes, Vargas Llosa, repeinado y en camisón, subiendo a un escenario, la alfombra roja de los Goya, la selección nacional de baloncesto o los tres tenores.
Pero los tarambanas afirman que la cultura son sobre todo las librerías, las bibliotecas públicas y escolares, las tertulias en todos los pueblos, los clubs de lectura, la proyección de películas gratuitas en las plazas, las clases para mayores, las escuelas de música para todos.., La cultura no son las cimas, sino los extensos valles en los que vivimos la mayoría.
El rey va a la entrega de los premios Cervantes, pero ¿alguien le ha visto sacar un libro de una biblioteca pública? ¿Leerlo quizá? ¿Comentarlo alguna vez? ¿Inaugurar un club de lectura municipal en un pequeño pueblo asturiano?
150.000 euros es una declaración de intenciones contundente, lapidaria como cualquier pedrada.
No sólo aclara por qué cierran las librerías, sino algo mucho más grave: cuál es nuestra política cultural.
¿Faltan dinamizadoras?
Sólo los tarambanas eligen la cultura del lado de la vida.
Sólo los tarambanas eligen la cultura del lado de la vida.
Se sustituye la cultura por el espectáculo, por un simulacro, para tener así las manos libres y completar la tarea que se han propuesto: destruir la cultura, arrumbarla en un contenedor de basura.
¿Quién la necesita, teniendo internet, fútbol y premios Cervantes?
Debió de ser Ronald Reagan el que enunció aquel famoso principio: ningún americano decente necesita algo que no vendan en un Seven Eleven.
Ningún español decente necesita algo que no pueda comprar en unos grandes almacenes. O que no salga por la tele. O que no recomienden los suplementos literarios.
El que no se conforma con la quinta temporada de una serie, la Champions, un macroconcierto y una gigantesca exposición de pintura con banderas en el museo en las que aparezca la firma del pintor no es de fiar.
El que necesita algo que sólo encuentra en una librería no debe de ser muy decente. Algo habrá hecho.
El que necesita algo que sólo encuentra en una librería no debe de ser muy decente. Algo habrá hecho.
¿Podrán la librera y el tarambana abrir mañana?
Crucemos los dedos.
viernes, 27 de febrero de 2015
Así termina... y vuelve a empezar
Pues no había escrito nada aquí el librero desde el 4 de julio.
Por tarambana, qué duda cabe.
También en parte porque no daba abasto. Ayer por fin acabó el esfuerzo de unos años, con la llegada del primer ejemplar de Un árbol caído.
Este es el resultado, pero así empezó todo, como empieza siempre, con un papel y un lápiz:
El tarambana madruga y se encierra en la trastienda de Librería Fuenfría, con muchos lápices, tinta y plumillas, y unas pizarras que siempre están llenas de tiza. Es el trabajo de carpintería, el más laborioso pero también el más entretenido, cuando hay que construir el mecanismo interno, lo que hace moverse las manecillas que luego darán la hora en la novela. O atrasarán. O se quedarán paradas.
Hay que tener abundancia de tabaco y paciencia, y una testarudez de acero.
A veces pasa capítulos a máquina o en un ordenador:
Hay ratos de enredar mucho con carpetas de gomas y sacapuntas, de cambiar otra vez la primera frase, de apuntar en cuadernos las fechas de nacimiento y otros datos de los personajes, de dibujar algunas escenas, para poder contarlas con más precisión.
Había una escena de una cena que el librero tuvo que dibujar para enterarse bien de dónde estaba sentado cada comensal y con quién hablaba y a quién miraba:
Llega un momento en que "el muerto" se convierte en un imán y se lo traga todo. Lo que el tarambana oye en el bar, lo que lee en el periódico, lo que le cuentan, lo que se le ocurre de pronto en la ducha... ¡todo trata de lo que él está escribiendo, pero qué casualidad! Todo ayuda al convento. Debe de ser algo parecido a lo que le sucede a la que se queda embarazada, que de pronto empieza a ver por todas partes embarazadas, y los vagones de tren, los autobuses, las tiendas y las aceras se llenan de barrigas. Un provechoso desarreglo de la atención que consigue que sólo te interese lo que te resulta útil.
El tarambana cree que, cuando a su alrededor sólo ve embarazadas, será que está preñado de algo que hay que sacar adelante: es la primera señal de que la cosa avanza.
La gestación avanza hasta el momento en el que por fin el tarambana tiene tres carpetas, cada una con una parte de la novela.
Es la hora de llamar a consultas a los cómplices de siempre, el temible Orejudo, Eduardo y Chavi, la familia, los amigos carpinteros y el implacable editor, Juan Cerezo.
Cerezo viene unas cuantas veces a Madrid y se va a tomar vinos con el tarambana. El editor tirita de frío en sucesivas terrazas entre Atocha y Neptuno, pero sabe que el tarambana fuma como una coracha, así que miente con generosidad y siempre propone tomar el vino fuera, que se ha quedado una tarde muy agradable, ¿verdad? Sobre la mesa siempre hay un paquete de manoseados folios, llenos de tachaduras, enmiendas, notas al margen, el resultado de la lectura que Cerezo ha llevado a cabo armado con su lápiz reglamentario, afilado como un escalpelo, doloroso a veces como una lanzada.
Hay discusiones, regateos y refriegas. No hay compasión: Cerezo, igual que los cómplices habituales, sabe que éste es el momento en que todavía tiene arreglo. Por encima de la pereza del tarambana, de su prisa por terminar, de su tendencia a la chapuza, se ha propuesto obligarle a que escriba la mejor novela que sea capaz de escribir. Con amabilidad, si es posible; a puñetazo limpio, si no hay otra forma de hacerle trabajar de una vez.
--Vale, te quito toda la auto-ficción y esos títulos esotéricos en cada capítulo, pero dejo a las chicas como están.
--No es posible, mira que lo siento, ¿es que no te das cuenta de que son personajes desaprovechados? ¿Te pido otro vino? Venga, sí, que te va a sentar genial. No puedes dejar a esas dos mujeres así, abocetadas. Luego te arrepentirás. Y no es para tanto, si casi lo tienes... Te falta un empujoncito. Si no, se te aparecerán en sueños, tendrás pesadillas, te empaparán la almohada de lágrimas y reproches: "Nos abandonaste a medias, personajes planos, de cartón piedra, sin tres dimensiones... ¡Y todo por no sentarte en la silla otro par de semanas!"... Porque eso son dos semanas, Reig, te lo garantizo, igual diez días, si es que ya lo tienes casi todo hecho....
Y así todo el rato.
El tarambana dice que nones, terco como una mula, pero, de vuelta a Cercedilla, a solas en el autobús de Larrea, con las orejas rojas por el calor, se da cuenta de que Cerezo tiene razón. De que los cómplices tienen razón. En Larrea la política de la empresa es que el conductor vaya cómodo, en mangas de camisa, aunque los cincuenta pasajeros, que vienen abrigados de la calle, alcancen su punto de ebullición, lo que favorece el afloramiento de la mala conciencia.
Y a la mañana siguiente vuelve a la trastienda, pone Radio Clásica, enciende un cigarrillo, se sienta ante otro montón de folios, apaga la radio en cuanto empiezan con el dichoso Dvorák, que es algo que esa emisora no puede evitar cada veinte minutos, coge un lápiz y se pone a escribir despacito, vuelve a poner la radio... un momento, ¡no puede ser! Si eso es lo que él estaba buscando, la solución, si resulta que ese cuarteto de cuerda de Beethoven, el número 13, opus 130, en realidad trata de lo mismo que él quería escribir. Vuelve a coger el lápiz.Pero no era tan fácil. Se pone a leer los diarios de Musil. ¿Será posible que Musil también trate de lo mismo? "La belleza es un término medio", eso es, lo mismo que dice Musil. El muerto está imantando todo, todo trata de lo mismo. Ahora está más claro... hay que seguir por ahí...
¡Dos semanas! Otro mes le lleva al tarambana, treinta días enteros. Y ha perdido la cuenta de las zarabandas del condenado Dvorák que ha tenido que escuchar, qué suplicio.
Un día, sin embargo, cuando menos lo espera el tarambana, el trabajo está acabado.
Así termina, brindando con los primeros ejemplares.
Ahora empieza otra cosa. Crucemos los dedos.
Por tarambana, qué duda cabe.
También en parte porque no daba abasto. Ayer por fin acabó el esfuerzo de unos años, con la llegada del primer ejemplar de Un árbol caído.
Este es el resultado, pero así empezó todo, como empieza siempre, con un papel y un lápiz:
El tarambana madruga y se encierra en la trastienda de Librería Fuenfría, con muchos lápices, tinta y plumillas, y unas pizarras que siempre están llenas de tiza. Es el trabajo de carpintería, el más laborioso pero también el más entretenido, cuando hay que construir el mecanismo interno, lo que hace moverse las manecillas que luego darán la hora en la novela. O atrasarán. O se quedarán paradas.
Hay que tener abundancia de tabaco y paciencia, y una testarudez de acero.
A veces pasa capítulos a máquina o en un ordenador:
Hay ratos de enredar mucho con carpetas de gomas y sacapuntas, de cambiar otra vez la primera frase, de apuntar en cuadernos las fechas de nacimiento y otros datos de los personajes, de dibujar algunas escenas, para poder contarlas con más precisión.
Había una escena de una cena que el librero tuvo que dibujar para enterarse bien de dónde estaba sentado cada comensal y con quién hablaba y a quién miraba:
Llega un momento en que "el muerto" se convierte en un imán y se lo traga todo. Lo que el tarambana oye en el bar, lo que lee en el periódico, lo que le cuentan, lo que se le ocurre de pronto en la ducha... ¡todo trata de lo que él está escribiendo, pero qué casualidad! Todo ayuda al convento. Debe de ser algo parecido a lo que le sucede a la que se queda embarazada, que de pronto empieza a ver por todas partes embarazadas, y los vagones de tren, los autobuses, las tiendas y las aceras se llenan de barrigas. Un provechoso desarreglo de la atención que consigue que sólo te interese lo que te resulta útil.
El tarambana cree que, cuando a su alrededor sólo ve embarazadas, será que está preñado de algo que hay que sacar adelante: es la primera señal de que la cosa avanza.
La gestación avanza hasta el momento en el que por fin el tarambana tiene tres carpetas, cada una con una parte de la novela.
Es la hora de llamar a consultas a los cómplices de siempre, el temible Orejudo, Eduardo y Chavi, la familia, los amigos carpinteros y el implacable editor, Juan Cerezo.
Cerezo viene unas cuantas veces a Madrid y se va a tomar vinos con el tarambana. El editor tirita de frío en sucesivas terrazas entre Atocha y Neptuno, pero sabe que el tarambana fuma como una coracha, así que miente con generosidad y siempre propone tomar el vino fuera, que se ha quedado una tarde muy agradable, ¿verdad? Sobre la mesa siempre hay un paquete de manoseados folios, llenos de tachaduras, enmiendas, notas al margen, el resultado de la lectura que Cerezo ha llevado a cabo armado con su lápiz reglamentario, afilado como un escalpelo, doloroso a veces como una lanzada.
Hay discusiones, regateos y refriegas. No hay compasión: Cerezo, igual que los cómplices habituales, sabe que éste es el momento en que todavía tiene arreglo. Por encima de la pereza del tarambana, de su prisa por terminar, de su tendencia a la chapuza, se ha propuesto obligarle a que escriba la mejor novela que sea capaz de escribir. Con amabilidad, si es posible; a puñetazo limpio, si no hay otra forma de hacerle trabajar de una vez.
--Vale, te quito toda la auto-ficción y esos títulos esotéricos en cada capítulo, pero dejo a las chicas como están.
--No es posible, mira que lo siento, ¿es que no te das cuenta de que son personajes desaprovechados? ¿Te pido otro vino? Venga, sí, que te va a sentar genial. No puedes dejar a esas dos mujeres así, abocetadas. Luego te arrepentirás. Y no es para tanto, si casi lo tienes... Te falta un empujoncito. Si no, se te aparecerán en sueños, tendrás pesadillas, te empaparán la almohada de lágrimas y reproches: "Nos abandonaste a medias, personajes planos, de cartón piedra, sin tres dimensiones... ¡Y todo por no sentarte en la silla otro par de semanas!"... Porque eso son dos semanas, Reig, te lo garantizo, igual diez días, si es que ya lo tienes casi todo hecho....
Y así todo el rato.
El tarambana dice que nones, terco como una mula, pero, de vuelta a Cercedilla, a solas en el autobús de Larrea, con las orejas rojas por el calor, se da cuenta de que Cerezo tiene razón. De que los cómplices tienen razón. En Larrea la política de la empresa es que el conductor vaya cómodo, en mangas de camisa, aunque los cincuenta pasajeros, que vienen abrigados de la calle, alcancen su punto de ebullición, lo que favorece el afloramiento de la mala conciencia.
Y a la mañana siguiente vuelve a la trastienda, pone Radio Clásica, enciende un cigarrillo, se sienta ante otro montón de folios, apaga la radio en cuanto empiezan con el dichoso Dvorák, que es algo que esa emisora no puede evitar cada veinte minutos, coge un lápiz y se pone a escribir despacito, vuelve a poner la radio... un momento, ¡no puede ser! Si eso es lo que él estaba buscando, la solución, si resulta que ese cuarteto de cuerda de Beethoven, el número 13, opus 130, en realidad trata de lo mismo que él quería escribir. Vuelve a coger el lápiz.Pero no era tan fácil. Se pone a leer los diarios de Musil. ¿Será posible que Musil también trate de lo mismo? "La belleza es un término medio", eso es, lo mismo que dice Musil. El muerto está imantando todo, todo trata de lo mismo. Ahora está más claro... hay que seguir por ahí...
¡Dos semanas! Otro mes le lleva al tarambana, treinta días enteros. Y ha perdido la cuenta de las zarabandas del condenado Dvorák que ha tenido que escuchar, qué suplicio.
Un día, sin embargo, cuando menos lo espera el tarambana, el trabajo está acabado.
Así termina, brindando con los primeros ejemplares.
Ahora empieza otra cosa. Crucemos los dedos.
viernes, 4 de julio de 2014
Correrías francesas
La querida amiga Géraldine Hardy ha compartido algunas fotos del festival Le Polar se met au vert, en Vieux-Boucau, en Las Landas, al que el librero asistió con la camiseta que le relagó Paco Camarasa en su librería:
En estas cosas el ambiente suele ser como el de una excursión de colegio, con apodos, canciones, cuchufletas, borracherías y ligoteos. Algo así:
El tarambana chicoleaba con chicas que a veces se parecían a Belén Gopegui:
Y otras veces a concejalas del PP. El tío carece de criterio.
Como es habitual, los únicos dos españoles que había allí, el tarambana y Carlos Salem, se hicieron inseparables y compraban el súper botellas de whisky para esconderlas en la mochila y darle al frasco sin parar:
Los franceses, imprudentes, nos invitaron a vinos, corriendo muchos riesgos:
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| ¿Pero quién es este tío? |
![]() |
| Escritores de novela negra como críos |
Y otras veces a concejalas del PP. El tío carece de criterio.
Como es habitual, los únicos dos españoles que había allí, el tarambana y Carlos Salem, se hicieron inseparables y compraban el súper botellas de whisky para esconderlas en la mochila y darle al frasco sin parar:
![]() |
| El tarambana y Carlos Salem |
Y al final el tarambana, hombre rudimentario,que sólo utiliza el bidet para echar la ceniza y apoyar el whisky, acabó trastornado por el chic de las francesas, tal que así:
Y él mismo se convirtió en una escena del crimen, en manos de las autoridades y de los forenses, de lo que dieron testimonio Les Pictographistes:
viernes, 27 de junio de 2014
Almudena Grandes hablando en catalán
| En 2014 |
Diez años separan estas dos fotos, pero el cariño es el mismo. Diez años y ningún desengaño.
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| En 2004 |
Es muy difícil ver a Almudena Grandes y no abrazarla. Tanta es la alegría que da su sonrisa.
El jueves pasado vino a Peña Pintada a charlar sobre su último episodio nacional, Las tres bodas de Manolita.
Comimos una paella que a Sousa le salíó de aplauso, no faltó el vino, y con los licores, por hacer deporte y cultura, subimos al legendario Mirador Joan Salvat Papasseit, en homenaje al poeta que vino a orear sus bacilos de Koch en esta saludable sierra.
| En el mirador Joan Salvat Papasseit |
De izquierda a derecha: Pedro Sáez, el librero tarambana, Azucena Rodríguez, Juan Cerezo, Violeta Fernández y Almudena Grandes.
Falta Ricardo Gómez, que hizo todas las fotos.
Si en saps el pler no estalviïs el bes que el goig d'amar no comporta mesura. Deixa't besar, i tu besa després que és sempre als llavis que l'amor perdura.
No besis, no, com l'esclau i el creient, mes com vianant a la font regalada. Deixa't besar -sacrifici fervent- com més roent més fidel la besada.
¿Què hauries fet si mories abans sense altre fruit que l'oreig en ta galta? Deixa't besar, i en el pit, a les mans, amant o amada -la copa ben alta.
Quan besis, beu, curi el veire el temor: besa en el coll, la més bella contrada. Deixa't besar i si et quedava enyor besa de nou, que la vida és comptada.
Recitamos, mirando hacia la Fuenfría, el Mester d'amor del poeta catalán a cuatro voces, tan desafinadas como entusiastas.
Empezó Azucena en un catalán tan dulce que casi parecía valenciano:
Luego los libreros tarambanas lo tradujeron a un castellano facineroso y paladino:
Si conoces el placer no ahorres en besos
que el goce de amar no conoce mesura.
Déjate besar y besa tú después
que siempre es en los labios donde el amor perdura.
Le tocaba a Pedro, que consiguió lo nunca visto: que el catalán sonara como una lengua medio eslava, aunque él afirmaba que se había limitado a poner un inquietante acento checo:
Aquí los tarambanas traductores traidores trastocaron algún adjetivo y se trastabillaron con algún sustantivo, además de tomarse la libertad de convertir la "font regalada" en la vecina y generosa Fuenfría:
No beses, no, como el esclavo y el creyente,
sino como quien sube a pie Fuenfría.
Déjate besar -sacrificio ferviente-
cuento más encendido más fiel el beso.
Le tocó por fin a Almudena, que (en la intimidad) habla un catalán castizo, muy de los bares de Antón Martín, pero musical y con algún ramalazo de Chamberí.
Quieras que no, los tarambanas se emocionaron con este carpe diem, tan parecido a la alegría de Inés y Manolita, los personajes de Almudena, y tan parecido también a ese deber diario de la alegría del que hablaba Kafka:
¿Qué habrías hecho si te mueres antes,
sin más roce que el del aire en tu cara?
Déjate besar, y en el pecho, en las manos,
amante o amada, la copa bien alta.
Acabó Juan en su excelente catalán de Barcelona, que nos permitió disfrutar de toda la musicalidad y la belleza del poema:
Que los tarambanas traicionaron, a la vista de un "veire" donde sólo conocían un "got" (echando mano de sus más que dudosos conocimientos de occitano y de catalán medieval) como:
Cuando beses, bebe, cure el vaso el temor:
besa en el cuello, la región más hermosa.
Déjate besar
y si te queda nostalgia
besa otra vez, que la vida es corta.
Así que, afónicos y felices, sedientos y desgañitados, decidimos obedecer al poeta y seguir bebiendo y besándonos.
Además de compartir, durante unos años, el colegio de las hijas, Almudena y el tarambana comparten desde hace unos años la amistad de su editor, Juan Cerezo, con quien da gusto trabajar y pasar los ratos.
| El tarambana, Almudena Grandes y Juan Cerezo |
Así que bien a gusto bebimos hasta que llegó la hora de la tertulia.
El tarambana, con tantos besos o tanto vino o tantos ambos, sesteó un poco, dicen que por lo menos pasó dormido una de las tres bodas de Manolita.
Si es que no fueron dos.
Luego se despertó y todo siguió donde lo habían dejado: con los vasos y los besos.
Un día inolvidable, gracias a la generosidad de Almudena Grandes, Azucena Rodríguez y Juan Cerezo.
| La tertulia de Peña Pintada, toda una leyenda del Guadarrama |
viernes, 14 de marzo de 2014
Menú para mayores de edad
Librería Fuenfría propone un menú para lectores adultos, mayores de edad, dignidad y gobierno, y con ganas de disfrutar y quedarse después pensando, con sentimientos confusos, con emociones intensas, con dudas, con la decisión de hacer algo con lo que uno ha leído.
Hace poco el tarambana estuvo en una tertulia donde mantuvo que, si un marciano (o un neozelandés del año 2085, pongamos) leyera las novelas españolas de los últimos 25 años, no se enteraría de cuánto valían las cosas, cuánto ganaba la gente al mes o en qué lo gastaba, y tendría mucha dificultades insalvables para averiguar de qué viven los personajes de nuestras novelas.
Comentaba que en cambio él estaba leyendo a Dickens y podría decir de inmediato el precio de las cosas, a qué clase social pertenecía cada personaje y cómo llegaba a fin de mes (o en qué estado, a menudo lamentable).
Por eso recomienda esta novela de George Orwell. Tras leerla, hasta el tarambana podría explicar sin vacilaciones cómo se podía vivir en Londres en 1935 con treinta chelines semanales, en qué pensión, con qué vecinos, y para qué (poco saludable) dieta y para cuánto tabaco alcanzaban esos treinta chelines.
Al tarambana Que no muera la aspidistra le ha impresionado y se ha sentido como quien saca la cabeza del agua después de tanta novela superferolítica con enrevesados problemas artificiales y entelequias de adorno.
La novela describe la dudosa epopeya de Gordon Comstock, un poeta que desprecia el capitalismo y decide vivir de espaldas al dinero. O como decían de Ludwig Wittgenstein sus hermanas: "le ha dado ahora por la extravagancia de ser pobre".
Así que abandona un buen empleo y se pone a trabajar por un muy modesto sueldo en una librería. Lo primero que comprueba, cuando intenta escribir, es que "con sólo dos peniques y medio en el bolsillo, toda inspiración era imposible".
La novela sigue a un ritmo vertiginoso quitándole la careta a buena parte de nuestras ilusiones: todo es dinero. Todo está determinado por el dinero. La amistad, las relaciones familiares, la simpatía, la belleza, la salud y, por supuesto, el amor. Su novia, Rosemary, no se acuesta con él por la única razón de que es pobre, aunque ella misma ni siquiera lo admita.
Mención aparte merece su amigo y editor Ravelston, un socialista rico con mala conciencia que pretende que no hay gran diferencia entre el y Gordon, que él es como cualquier pobre.
Sin embargo, "ningún hombre rico consigue jamás pasar por un hombre pobre; porque el dinero, como el asesino, siempre acaba apareciendo".
Cuando Gordon decide renunciar, no sólo al dinero, sino también a la decencia y al sentido común (que también proceden del dinero), desesperado y borracho, pretende llevarse a casa de Ravelston dos putas arrastradas, y éste se escandaliza. A Gordon le hacen gracia sus escrúpulos: "¡Un socialista de alcurnia yéndose a la cama con una puta! Sería el primer acto proletario auténtico de toda su vida".
Una novela excelente, según el tarambana, que incluso defiende el final, alegando que es otra vuelta de tuerca para poner al descubierto la impostura de lo que llamamos "literatura", o como diría Sartre, el "compromiso burgués" que exige toda novela; porque al fin y al cabo la literatura no es sino otra cuestión de dinero y clase.
Por menos de 10 euros, nadie debería perderse esta novela.
La claridad de Orwell es consecuencia de su convicción de que escribir bien es una postura política. Quien quiera saber algo más al respecto le recomienda el tarambana el estupendo ensayo: George Orwell o el horror a la política, de Simon Leys, a 13 euros en Acuarela & A. Machado.
Y quien tenga más curiosidad y disponga de más presupuesto, no debería dejar de leer la cuidada y muy abundante selección de los ensayos de Orwell que publica Debate (a 39,90 euros).
Hace ya unos años al tarambana le dejó su amigo Miguel Tomás-Valiente un libro para que lo leyera sin pérdida de tiempo, porque no podía seguir tan campante sin haberlo leído.
Era El secreto, de Donna Tartt.
Dos días estuvo el tarambana sumergido en la novela hasta que la acabó. Le pareció hipnótica, le dejó el sabor amargo de las buenas novelas, con sentimientos no todos muy saludables, le pareció una fábula como las películas de antes: "para mayores con reparos".
Había capítulos en los que sintió verdaderas naúseas y algo de vértigo, como aquel en el que los chicos va a dar el pésame a los padres del amigo asesinado... por ellos.
La recomendó a muchos amigos y todos quedaron conmocionados, así que, nada más abrir la librería, pidió dos ejemplares.
Agotado, ya no se reeditaba.
Había que fastidiarse. Lo mismo le pasó con El amo del corral, de Tristan Egolf, que le dijeron que está descatalogada.
Sin embargo, doña Donna ha publicado este año otra novela, que el librero acaba de recibir, pero aún no ha leído, El jilguero (a 24, 90, en Lumen) y, con tan buen motivo, han decidido reeditar El secreto.
El pobre Egolf, que había nacido en el Guadarrama, en San Lorenzo de El Escorial, ya no tiene la posibilidad de publicar otra novela para que reediten El amo del corral.
Se pegó un tiro a los treinta y tres años.
¿Con qué postre se podría cerrar una comida tan copiosa como ésta?
Nada mejor que el contundente, inolvidable y perturbador James M. Cain de El cartero siempre llama dos veces, una novela que se lee en una tarde, pero cuyo recuerdo dura media vida ya para el tarambana.
Al librero le gusta mucho más la novela que la película y, entre las dos versiones en película. el muy tarambana prefiere la más moderna.
Por Jessica Lange, dice.
Y por una escena en la que aparece la mesa de una cocina, añade.
PRIMER PLATOQue no muera la aspidistra, de Georges Orwell. 9,95, en Debolsillo
SEGUNDO PLATOEl secreto, de Donna Tartt. 22,90, en Lumen.
POSTREEl cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain. 15,00, en RBA
Hace poco el tarambana estuvo en una tertulia donde mantuvo que, si un marciano (o un neozelandés del año 2085, pongamos) leyera las novelas españolas de los últimos 25 años, no se enteraría de cuánto valían las cosas, cuánto ganaba la gente al mes o en qué lo gastaba, y tendría mucha dificultades insalvables para averiguar de qué viven los personajes de nuestras novelas.
Comentaba que en cambio él estaba leyendo a Dickens y podría decir de inmediato el precio de las cosas, a qué clase social pertenecía cada personaje y cómo llegaba a fin de mes (o en qué estado, a menudo lamentable).
Por eso recomienda esta novela de George Orwell. Tras leerla, hasta el tarambana podría explicar sin vacilaciones cómo se podía vivir en Londres en 1935 con treinta chelines semanales, en qué pensión, con qué vecinos, y para qué (poco saludable) dieta y para cuánto tabaco alcanzaban esos treinta chelines.
Al tarambana Que no muera la aspidistra le ha impresionado y se ha sentido como quien saca la cabeza del agua después de tanta novela superferolítica con enrevesados problemas artificiales y entelequias de adorno.
La novela describe la dudosa epopeya de Gordon Comstock, un poeta que desprecia el capitalismo y decide vivir de espaldas al dinero. O como decían de Ludwig Wittgenstein sus hermanas: "le ha dado ahora por la extravagancia de ser pobre".
Así que abandona un buen empleo y se pone a trabajar por un muy modesto sueldo en una librería. Lo primero que comprueba, cuando intenta escribir, es que "con sólo dos peniques y medio en el bolsillo, toda inspiración era imposible".
La novela sigue a un ritmo vertiginoso quitándole la careta a buena parte de nuestras ilusiones: todo es dinero. Todo está determinado por el dinero. La amistad, las relaciones familiares, la simpatía, la belleza, la salud y, por supuesto, el amor. Su novia, Rosemary, no se acuesta con él por la única razón de que es pobre, aunque ella misma ni siquiera lo admita.
Mención aparte merece su amigo y editor Ravelston, un socialista rico con mala conciencia que pretende que no hay gran diferencia entre el y Gordon, que él es como cualquier pobre.
Sin embargo, "ningún hombre rico consigue jamás pasar por un hombre pobre; porque el dinero, como el asesino, siempre acaba apareciendo".
Cuando Gordon decide renunciar, no sólo al dinero, sino también a la decencia y al sentido común (que también proceden del dinero), desesperado y borracho, pretende llevarse a casa de Ravelston dos putas arrastradas, y éste se escandaliza. A Gordon le hacen gracia sus escrúpulos: "¡Un socialista de alcurnia yéndose a la cama con una puta! Sería el primer acto proletario auténtico de toda su vida".
Una novela excelente, según el tarambana, que incluso defiende el final, alegando que es otra vuelta de tuerca para poner al descubierto la impostura de lo que llamamos "literatura", o como diría Sartre, el "compromiso burgués" que exige toda novela; porque al fin y al cabo la literatura no es sino otra cuestión de dinero y clase.
Por menos de 10 euros, nadie debería perderse esta novela.
La claridad de Orwell es consecuencia de su convicción de que escribir bien es una postura política. Quien quiera saber algo más al respecto le recomienda el tarambana el estupendo ensayo: George Orwell o el horror a la política, de Simon Leys, a 13 euros en Acuarela & A. Machado.
Y quien tenga más curiosidad y disponga de más presupuesto, no debería dejar de leer la cuidada y muy abundante selección de los ensayos de Orwell que publica Debate (a 39,90 euros).
Hace ya unos años al tarambana le dejó su amigo Miguel Tomás-Valiente un libro para que lo leyera sin pérdida de tiempo, porque no podía seguir tan campante sin haberlo leído.
Era El secreto, de Donna Tartt.
Dos días estuvo el tarambana sumergido en la novela hasta que la acabó. Le pareció hipnótica, le dejó el sabor amargo de las buenas novelas, con sentimientos no todos muy saludables, le pareció una fábula como las películas de antes: "para mayores con reparos".
Había capítulos en los que sintió verdaderas naúseas y algo de vértigo, como aquel en el que los chicos va a dar el pésame a los padres del amigo asesinado... por ellos.
La recomendó a muchos amigos y todos quedaron conmocionados, así que, nada más abrir la librería, pidió dos ejemplares.
Agotado, ya no se reeditaba.
Había que fastidiarse. Lo mismo le pasó con El amo del corral, de Tristan Egolf, que le dijeron que está descatalogada.
Sin embargo, doña Donna ha publicado este año otra novela, que el librero acaba de recibir, pero aún no ha leído, El jilguero (a 24, 90, en Lumen) y, con tan buen motivo, han decidido reeditar El secreto.
El pobre Egolf, que había nacido en el Guadarrama, en San Lorenzo de El Escorial, ya no tiene la posibilidad de publicar otra novela para que reediten El amo del corral.
Se pegó un tiro a los treinta y tres años.
¿Con qué postre se podría cerrar una comida tan copiosa como ésta?
Nada mejor que el contundente, inolvidable y perturbador James M. Cain de El cartero siempre llama dos veces, una novela que se lee en una tarde, pero cuyo recuerdo dura media vida ya para el tarambana.
Al librero le gusta mucho más la novela que la película y, entre las dos versiones en película. el muy tarambana prefiere la más moderna.
Por Jessica Lange, dice.
Y por una escena en la que aparece la mesa de una cocina, añade.
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