miércoles, 28 de agosto de 2013

Menú Fuenfría

En la librería hay un menú del día, aunque a veces dura varios días, porque ya se sabe que los platos de cuchara están mejor recalentados al día siguiente.

Ahora los libreros ofrecen este menú:

Los libreros con el menú Fuenfría

De primero: El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgeral, por sólo 8,95.
De segundo: Un momento de descanso, de Antonio Orejudo, por sólo 17.
De postre: las Poesías Completas, de César Vallejo, a 16.

Los libreros consultan con expertos en nutrición, por supuesto, para componer un menú equilibrado, qué te creías.

El primer plato es un clásico moderno, algo así como una ensalada fresca y sabrosa o un cóctel de gambas, que desde el primer bocado te coge por las solapas. Así empieza El Gran Gatsby:

In my younger and more vulnerable years my father gave me some advice that I’ve been turning over in my mind ever since.
“Whenever you feel like criticizing any one,” he told me, “just remember that all the people in this world haven’t had the advantages that you’ve had.”
Que debe de ser, sobre poco más o menos:

Cuando me encontraba en una edad más joven y vulnerable, mi padre me dio un consejo al que desde entonces no he dejado de dar vueltas en mi cabeza.
--Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien --me dijo-- sólo tienes que recordar que no todo el mundo ha tenido las mismas ventajas que tú.
 ¿Quién podría resistirse a probar un primer plato tan espectacular?

Ayer se nos acabó el segundo plato, que era Reconstrucción, de Orejudo, y tuvimos que sustituirlo por otra novela del mismo autor que teníamos en una tupper en el almacén. Un momento de descanso es una gran novela, tan sólida y tan digestiva como un roast-beef o un lomo alto a la parrilla; una sátira de la universidad española rellena de una reflexión insólita y sugerente sobre la claudicación.

Los libreros sospechan que hoy se les va a acabar el postre, y a ver qué les pondrán a los lectores si se quedan sin Vallejo.

Vivir sin haber leído a Vallejo es algo que da lástima.

Si se acaba Vallejo en una librería, cunde el pánico.

Ganas dan de empezar a recitar...

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía. 

Y seguir hasta acabar a gritos el poema:

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquella... Y
repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Más que un postre, Vallejo es postre con café y copa y puro.

martes, 27 de agosto de 2013

El librero tarambana

Se va acabando el verano y los libreros ya han aprendido cómo mantener un gran fondo en la librería. Es muy sencillo: de todos los encargos que hagan los clientes, hay que pedir dos o tres ejemplares.

La Librería Fuenfría es, quizá como todas, obra de sus lectores.

En este caso llevaba muchos años de funcionamiento con el maestro librero Eduardo Gómez de Enterría y, por tanto, ya tiene muchos clientes que encargan aquí sus libros. De esas elecciones se fían los aprendices de libreros: cuando les piden Lectura y locura, de Chesterton, ellos encargan dos; si alguien quiere Klaus y Lucas, de Agota Kristof, pues se piden tres y asunto concluido.

Los libreros aprendices se fían de los clientes del maestro librero, porque saben que tienen criterio y buen gusto.

En Cercedilla no sólo hay buenos lectores, sino que también tenemos un clásico, que viene al pueblo en cuanto sale el sol: Luis Mateo Díez.

Si hace bueno, podemos ver a nuestro clásico de paseo, tomando algo con los nietos o en la tertulia de Peña Pintada, como sucedió el otro día.

Nadie podía presentar mejor a Luis Mateo que Eduardo, el maestro librero.

Eduardo entre Margarita y Luis Mateo

La tertulia estaba bastante a rebosar, la verdad sea dicha:


Hablamos de La piedra en el corazón, una de las obras menos complacientes de Luis Mateo, que más exige al lector. Tanto es así que algunas páginas se leen más como cálculo en el riñón que como piedra en el corazón. Y sin embargo, una de sus obras más misteriosas: por despojada, por su trayectoria de flecha que alcanza su blanco en línea recta, por su ausencia de piedad y su casi ensañamiento. Una novela que habla de la culpa, pero también del daño. Del dolor, aunque sin olvidar el cálculo, los asientos contables del comercio de emociones, el arqueo de caja del corazón y su inevitable quebranto de moneda.

Generoso, como siempre, Luis Mateo nos dedicó horas, se dejó preguntar de todo, recibió con la misma alegría parabienes y reclamaciones.

Nos contó que su escritura eran "maneras de emboscarse", "el arte de buscar un escondite"; nos habló de su infancia y el desván del ayuntamiento en la posguerra; mencionó arquetipos entre Jung y Propp, esos nervios alrededor de los que se teje toda narración: el estanque, el castigo, la doncella, etc. Y tampoco dejó de recordar que, como un personaje de relato clásico: "Estoy en deuda con mi destino, como lo estamos todos".



También se alegró de que la Librería Fuenfría siguiera y le deseo suerte. Que fuera con los nuevos libreros, tan bulliciosos y buscarruidos, tan bien que como había ido con Eduardo, el maestro librero apacible y comedido.

-Que vaya bien el tránsito del librero esfinge al librero tarambana.

Así lo resumió, asestándole al nuevo librero un mote definitivo.

Cuando todo un clásico te endosa un mote, hay que llevarlo como una condecoración.

El librero, al llegar a casa, miró el diccionario académico y no dejó de darle la razón a Luis Mateo. Una esfinge se llama a quien "adopta una actitud reservada o enigmática", mientras que tarambana es la "persona alocada, de poco juicio".

La charla seguía y, como de costumbre, al anochecer, aún bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular, Pedro sacó su frontal para leer poesías que el librero tarambana escuchaba embobado:




Así nos vio la querida Amai, multiplicando la librería otra vez, así dibujó al librero esfinge, al tarambana y a la librera resplandeciente:


Gracias, Amai.

martes, 20 de agosto de 2013

La mirada de los demás

Hay una novela de Juan Benet que comienza con esta frase lapidaria (citada de memoria): "A veces me pregunto, si no fuera por los demás, qué sabríamos de nosotros mismos".

La mirada de los otros es la que nos hace (o nos deshace).

Algo parecido escribió el poeta gallego Uxío Novoneyra:

Yo no soy como te quiero

Ni yo, toma del frasco o nos ha merengao (a elegir una entre ambas detestables expresiones).

¿No somos todos otro distinto de como queremos?

Ojalá algún día, o a media tarde un sábado, lográramos parecernos a como somos cuando queremos.

A menudo la mirada de los demás es despiadada y puede convertir a un buen muchacho en el Gordito Relleno de la clase o en el Cuatro Ojos; a una chica amable, en La Que Traga o en Mary Evax, la que nunca se despega, ni se mueve, ni traspasa, y hasta te puedes meter en el agua con ella.

A veces la mirada de los demás nos arrincona por debajo de nuestras posibilidades, nos encierra en el sótano. Nos disminuye.

Otras veces, en cambio, hay miradas tan benévolas, tan radiantes, tan amigas, que nos ofrecen la mejor de nuestras posibilidades. A André Gide (¿o fue a Mauriac?) le preguntaron quién le habría gustado ser. "Moi même, mais réussi", respondió, como quien dice: yo mismo, pero logrado.

Nos ha merengao (o toma del frasco). Tacha lo que no proceda.

Ojalá pudiéramos llegar a ser la persona que somos, pero lograda, pasada a limpio, en la mejor versión de nosotros mismos. Ojalá uno pudiera cantar en voz alta con voz tan afinada como suena dentro de su cabeza.

A veces la mirada de los demás nos empuja a lograrnos, nos abre la ventana que da a nosotros mismos. Nos multiplica.

Eso le está pasando a la Librería Fuenfría, que tiene tantos amigos como quería tener Roberto Carlos, y que a menudo la ven con buenos ojos.

Esta es la librería vista por Esther, que hizo esta pintura de la fachada:


Librería Fuenfría pintada por Esther


Los libreros quisieran que la librería llegara a parecerse a la que hay en la mirada de Esther, ese lugar amable, cordial y acogedor, en el que entre alguien como tú.







lunes, 19 de agosto de 2013

Ilustres visitantes

Quién les iba a decir a los libreros que, un día, en sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, aterrizaría por Cercedilla, como acostumbra desde hace décadas, nada menos que el legendario Capitán Tan.

Y que además iba a venir a la Librería Fuenfría.

¡El Capitán Tan! El del salacot. El amigo de Locomotoro y Valentina. El que acompañó todas las meriendas de la infancia del librero. ¡El Capitán Tan en persona, in the flesh, en carne y hueso!


La mejor compañía de los Sres. Chicos


Solía decir Freud que la felicidad no es otra cosa que cumplir, en la edad adulta, un sueño de la infancia.

Esto lo dijo después de charlar con Schliemann, de quien afirmó que era el único hombre de verdad feliz que había conocido.

Al librero tenía que haber visto este sábado don Segismundo Freud: menuda sonrisa se le quedó. Un hombre feliz, radiante, capaz de todo, convertido por fin en un librero chiripitifláutico.

Si hasta se le movían los mofletes, como a Locomotoro.

Por cierto, si no recuerdas el número de teléfono de Locomotoro, eres demasiado joven.

Oh Captain! My Captain!

Venía mi capitán sin su inseparable salacot, hay que suponer que por motivos de seguridad, aunque se tocaba con una gorra de béisbol, sin duda para aumentar el confusionismo y como astuta maniobra de distracción.

He aquí al Capitán Tan haciendo feliz a un librero que, antes de llegar a serlo, fue un niño que le miraba con ojos como platos en la tele en blanco y negro.

Por razones de seguridad ha sido necesario mantener en la penumbra el rostro del Capitán Tan, para no poner en peligro su vida. Sin embargo, el gesto del dedo dogmático y docente es inconfundible:


El Capitán Tan en Librería Fuenfría


Charlaron de esto y de aquello el librero y el Capitán Tan, aunque el secreto profesional impide difundir tan extraordinario cambio de impresiones, así como los libros, pergaminos y mapas en los que se interesó el Capitán Tan, que seguía hablando con su estilo inimitable:

--Piazzere, piazzere, como se dice en la dulce Italia, amigo mío, lo que me trae a la cabeza aquella ocasión en que, en una cacería...

El librero cambia impresiones con el Capitán Tan

Ningún niño desea de verdad la riqueza, un 4x4, ser ministro, comprar un chalet o tener una VISA ORO.

Por eso, cuando un adulto cumple esos deseos, nunca es feliz. Jamás.

Lo que hace feliz es cumplir un deseo, no nuestro, sino del niño que fuimos, como le pasó a Schliemann, que descubrió Troya.

Encontrar un tesoro: eso sí es un deseo de niño.

O conocer al mismísimo Capitán Tan.

Librería Fuenfría: proveedor oficial del Capitán Tan.

Ahí queda eso.

viernes, 16 de agosto de 2013

Un café con Unamuno

También esta semana se han vendido poco, muy poco, la obra inmortal de don Miguel de Unamuno.

Y eso a pesar de que los libreros consideran que Del sentimiento trágico de la vida es un clásico de la literatura humorística, la comedia ideal para la tumbona de verano, con sombrilla y un vodka con limón y hielo picado.



Cuando los libreros leyeron la obra inmortal aún no había televisiones privadas y, por eso, la voz del rector de Salamanca, les resultó insólita y vanguardista. Unamuno discute con la cazurrería y marrullería de cualquier tertuliano televisivo, al parecer decidido a convencer a Dios en persona de que él merece la inmortalidad. Su creencia parece ser la de que, si logra embaucar a Dios, si le intimida levantando la voz o aportando pruebas inventadas, pues igual no se muere nunca y se queda para siempre de rector.

Muy recomendable.

Miguel de Unamuno y Jugo


Con ocasión de la concesión a esta obra del preciado galardón de "worst-seller", los libreros consideran adecuado reproducir las enternecedoras palabras que dedicó a Unamuno el siempre cándido y cariñoso César González-Ruano, tan generoso como siempre con el talento ajeno y agudo lector de obras filosóficas.

Así le evoca González-Ruano:

Unamuno tomaba, por ejemplo, una taza de café. Pues bien, apartaba un terrón de azúcar, revolvía el resto, lo bebía a pequeños sorbos haciendo ruido... Luego, cuando la taza estaba vacía, echaba el terrón reservado y un poco de agua, revolvía aquella porquería y lo apuraba de un trago. También resultaba fastidioso su sentido reverencial del dinero o, por otro nombre, roñosería.


César González-Ruano



jueves, 15 de agosto de 2013

El corazón secreto de la librería

La Librería Fuenfría tiene trastienda.

Esto a los libreros les parece decisivo, porque siempre han oído decir de alguien torpe y abrupto que "tiene poca trastienda", es decir que carece de "cautela advertida y reflexiva en el modo de proceder o en el gobierno de las cosas".

A nosostros nos sobra trastienda, rebotica y almacén.

La puerta de la trastienda está pintada con pintura de encerado, así que la usamos como pizarra para anuncios, desahogos, confesiones y declaraciones de cualquier género.


¿Qué habrá detrás de esa puerta cerrada?

El librero puede entreabrirla un poco...


Y te invita a pasar, de puntillas, al oído, para conocer los secretos de la librería:



martes, 13 de agosto de 2013

Seguimos con las tertulias de Peña Pintada

La semana que viene, el miércoles 21 de agosto, hacia las ocho de la tarde, los libreros acudiremos a la legendaria tertulia de Peña Pintada (justo enfrente de la estación de tren de Cercedilla)..

Se va a hablar del libro La piedra en el corazón y su autor, Luis Mateo Díez, amigo y vecino (los días con sol), acudirá a la posada de Esther y Pedro para charlar sobre su novela (y el resto de su obra).

No te lo pierdas.

El traslado de una a otra librería fue de lo más sencillo, gracias a la multitud de amigos que nos ayudó y también a la distancia: diecisiete pasos de una puerta a otra.

Vaciábamos una estantería y, mientras unos llevaban los libros, otros limpiaban la estantería. Una vez seca, la llenábamos de libros y a por la siguiente.


Aquí están Andrés y Pedro, aún vaciando la antigua librería.


Aquí el librero Eduardo con Abril y Pedro (el de Peña Pintada).



Esta ya es la nueva librería, con el librero y la librera colocando libros.


En cuanto se acabó la mudanza, nos pusimos a trabajar.

Una de las primeras visitas fue mi querido amigo Sergio Álvarez Méndez, con quien nos bebimos una vasta parte de los líquidos destilados que almacena Luxemburgo.




Aquí estamos, parapetados tras el escaparate.



Y aquí está Sergio con la librera.

Poco después vino Pablo Nogales, poeta, autor del admirado libro El arte de la espera, a quien considero de la familia desde hace ya unos treinta años. Vino también Crisitna, no faltaba más, y Paula y Álvaro.

Comer comimos, pero me parece que eran ya casi las cinco cuando nos sentamos a la mesa, tras una prolongada, intensa y divertida sesión de cañas.



Aquí está Pablo con Ricardo Gómez, en el Bar Sánchez (más conocido como el bar del Tripi).

Después de comer (¿o era cena?) el librero y el poeta se pusieron a recitar versos, como en aquellos tiempos en que ambos eran consumados expertos en imitar la voz de Claudio Rodríguez; una habilidad no tan inútil como parece y que requiere entrenamiento, constancia y un entusiasmo inquebrantable.

Y a cierta edad, como la que ya van teniendo librero y poeta, también requiere gafas de vista cansada: